Tengo que admitir que nunca había escuchado hablar de Norman
Rockwell hasta el día que pisé Rockwell Café. Iba caminando con mi mejor amiga
por las callecitas cerradas de La Molina cuando nos topamos con una fachada
pintoresca y bastante llamativa y dijimos “¿Por qué no?”, así que entramos al
local y fuimos llevadas a los años 20s norteamericanos casi como por arte de
magia.
Rockwell es pequeño, confortable y armonioso, la combinación
perfecta para tener una conversación, estudiar, leer, divagar un rato entre los
secretos más profundos de tu alma o procrastinar en su máxima expresión. Al fin
y al cabo está lleno de cuadros de este gran artista que definitivamente hacen
que te detengas a mirarlos por un rato largo, porque cada cuadro te cuenta una
historia diferente de la cabeza a los pies, cosa que me fascinó incluso a mí,
que soy la chica con más fobia a todo lo antiguo que pueda existir.
Así que volviendo al relato, una vez que entramos nos
topamos con un cartel que decía “Porfavor ordene primero” y vaya si nos costó
ordenar. La carta escrita en una pizarra gigante llena de nombres que con solo
pronunciarlos se te hacia agua la boca y la vitrina de postres justo abajo
fueron la combinación perfecta para hacernos perder la cabeza.
Después de casi una hora de mirar cuadros, conversar de todo
y nada y matarnos de risa como solo los verdaderos amigos saben hacer, decidí
acercarme a la caja a conversar con el dueño para felicitarlo por la idea de un
lugar tan innovador y lleno de historia y fue ahí cuando me empapé de Norman
Rockwell y no solo de él, sino de una historia de amor entre un Ruso y una
Peruana que se habían conocido en Norteamérica gracias a la admiración por tal
artista y que años más tarde habían decidido traernos su arte hasta las calles
molineras.
Hoy en día miro los años vintage con más cariño que antes,
sé un poquito más de historia dentro de mi ignorancia infinita y tengo un punto
así bien fijo para sentarme a tomar un café si hace frío, un Green tea lemonade
si me apetece algo un poco más fresco y leer un buen libro, terminar una tarea
o sumergirme en alguna conversación que mañana o más tarde se convertirá en una
línea más de toda mi historia.¡Visiten este café y cuéntenme su experiencia!
Hasta la próxima,
Victoria.
Calle
Las Cascadas 138,
La
Ensenada. La
Molina.


No hay comentarios:
Publicar un comentario